
Rampas y sendas bloqueadas: un problema que se repite en CABA
Nicolás Pascual Salerno
Hay problemas urbanos que no necesitan demasiadas explicaciones. Basta llegar a una esquina para encontrarse con ellos. Una rampa ocupada, una senda peatonal tapada o un vehículo detenido sobre el espacio reservado para cruzar pueden convertir una maniobra sencilla en un verdadero problema para quienes necesitan desplazarse por la ciudad.
En Buenos Aires, la accesibilidad urbana sigue teniendo un punto débil que se repite en distintos barrios: la infraestructura puede estar construida, pero si una persona no puede llegar hasta ella, pierde buena parte de su utilidad.
Las rampas ubicadas en las esquinas no son un elemento decorativo ni una mejora secundaria de la vereda. Son parte de una red que permite que personas en silla de ruedas, adultos mayores, personas con movilidad reducida, quienes llevan cochecitos de bebés y otros peatones puedan atravesar una calle de manera segura.
Sin embargo, alcanza con que un automóvil, una camioneta o un vehículo de reparto quede detenido en el lugar equivocado para que esa continuidad desaparezca.
El problema tiene una particularidad: muchas veces no se trata de vehículos estacionados durante horas. También puede ocurrir durante una detención breve, una descarga o una entrega. Para quien realiza una actividad comercial, esos minutos pueden parecer necesarios. Para quien necesita utilizar la rampa, en cambio, pueden significar tener que esperar, buscar otro cruce o directamente bajar a la calle.
En una ciudad donde la actividad comercial es permanente, compatibilizar carga y descarga con el derecho a circular resulta fundamental. Comerciantes, distribuidores, repartidores y trabajadores necesitan espacios donde puedan realizar sus tareas sin bloquear los sectores destinados exclusivamente a los peatones.
La normativa porteña establece restricciones específicas para el estacionamiento y contempla como lugares prohibidos, entre otros, las sendas peatonales y determinados sectores vinculados con las rampas de las esquinas. También existen reglas para las operaciones de carga y descarga.
Cuando la rampa existe, pero no se puede usar
Una de las contradicciones más visibles de la movilidad en Buenos Aires aparece justamente ahí: se invierten recursos en construir infraestructura accesible, pero su funcionamiento cotidiano depende de que el espacio permanezca libre.
Para una persona que se desplaza en silla de ruedas, encontrar un vehículo atravesado en una esquina puede implicar mucho más que caminar unos metros adicionales. Si el cordón no permite bajar por otro sector, la alternativa puede ser avanzar hasta otra esquina o exponerse a circular por la calzada.
En el caso de las personas con discapacidad visual, los obstáculos ubicados sobre recorridos peatonales también representan una dificultad concreta. Las veredas, las rampas y las sendas forman parte de un recorrido que debería ser previsible y continuo.
Y hay otro aspecto que suele quedar relegado: la seguridad del resto de los peatones. Cuando una esquina está bloqueada, muchas personas terminan modificando espontáneamente su recorrido y cruzando por sectores que no fueron diseñados para hacerlo.
El problema, entonces, no es solamente una cuestión de multas. También tiene que ver con cómo se comparte el espacio público.
En los barrios del sur de la Ciudad, donde conviven viviendas, comercios, depósitos, talleres, oficinas y una intensa circulación de proveedores, esta convivencia se vuelve especialmente visible. Comuna 4, Avellaneda y Lanús forman parte de un entramado urbano en el que el movimiento comercial es indispensable para la economía cotidiana, pero también requiere reglas claras para que esa actividad no termine perjudicando a quienes circulan a pie.







