Casimiro: cuatro generaciones detrás de una torta

En 1984 dos hermanos pensaron en instalar una pizzería al paso. El proyecto parecía definido, pero los permisos para abrir demoraban y mientras los pedidos de tortas se acumulaban.
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Casimiro
Casimiro

En una avenida Caseros atravesada por colectivos, comercios y vecinos que van y vienen, hay una vidriera que conserva otra velocidad. Detrás de los vidrios de Casimiro, la Casa de las Tortas, las tortas, sfogliatelle y cannoli siguen saliendo de una cocina familiar que comenzó a tomar forma hace más de cuatro décadas en Parque Patricios.

La historia empieza con Casimiro Montero, pastelero de oficio. Durante la década del 70 elaboraba tortas y postres que vendía a distintas pizzerías. También trabajaba para una pizzería familiar que primero funcionó en La Boca y luego en San Cristóbal.

En 1984 apareció la posibilidad de comprar un local en avenida Caseros 2551. Sus hijos, Carlos, conocido como “Tito”, y Jorge, pensaron en instalar allí una pizzería al paso. El proyecto parecía definido, pero los permisos para abrir demoraban y mientras tanto había otro problema: los pedidos de tortas que recibía Casimiro se acumulaban.

La familia terminó tomando una decisión que cambió el destino del local. En lugar de esperar para abrir una pizzería, empezó a producir las tortas que ya tenían una clientela propia. Así nació Casimiro, la Casa de las Tortas.

El enorme horno pizzero que todavía llama la atención en el fondo del negocio quedó como testimonio de aquel primer proyecto. Paradójicamente, el horno que había sido comprado pensando en pizzas terminó siendo parte de la maquinaria con la que la familia continuó elaborando pastelería.

Pero la historia no quedó en Casimiro. La continuidad llegó por un camino particular. Sus hijos se ocupaban de distintas tareas del negocio, mientras que fue Evely, nuera del pastelero, quien aprendió directamente de él las recetas y los secretos del oficio. Después llegaron los nietos, Gustavo y Alejandro, que actualmente llevan adelante la actividad junto con Matías, hijo de Gustavo.

Ahí está buena parte de lo que explica que el negocio todavía tenga algo más que una marca familiar. La receta no pasó solamente de una generación a otra: también lo hizo el conocimiento del trabajo.

Gustavo cuenta que cuando él y su hermano se incorporaron a la elaboración había cosas que parecían salirles naturalmente. Se habían criado entre esas preparaciones, habían visto trabajar a la familia y conocían desde chicos aquello que después terminarían convirtiendo en su propio oficio.

Una torta, un horno y una familia que siguió

En el local todavía utilizan parte del equipamiento que perteneció al fundador: la sobadora, la batidora y la amasadora. También mantienen proveedores de algunos de los ingredientes que utiliza la familia desde hace años. No se trata solamente de conservar objetos antiguos; las herramientas siguen formando parte del trabajo cotidiano.

La torta de ricota es el producto que terminó convirtiéndose en la referencia de la casa. La familia mantiene una preparación que busca conservar ese sabor casero que hizo conocida a la confitería. También hay pasta frola, tortas de distintos sabores, cannoli y sfogliatelle, entre otras elaboraciones.

Algunos clientes llegan por costumbre. Otros porque alguien les habló de una torta que recuerda de cuando eran chicos. Y también están quienes descubren el lugar por primera vez al pasar por Caseros. Esa mezcla entre clientes de siempre y nuevas generaciones es parte de la escena cotidiana del negocio.

La familia también encontró una manera propia de sumar algo que no estaba en la receta original: la música. Los domingos, Gustavo lleva su colección de discos y pone vinilos en un viejo tocadiscos. La tapa del álbum queda a la vista mientras la música acompaña la actividad de la confitería. Matías cuenta que algunos clientes incluso entran atraídos por lo que está sonando.

El resultado es un comercio que conserva muchas marcas de otra época sin haber quedado detenido en ella. Las vitrinas de madera, las balanzas antiguas, las fotografías familiares y el viejo horno conviven con una generación más joven que sigue trabajando detrás del mostrador.

Y quizás allí esté la parte más interesante de la historia de Casimiro. No es solamente que una confitería haya logrado permanecer durante más de 40 años en Parque Patricios. Es que el negocio consiguió que una actividad aprendida por un pastelero décadas atrás siguiera siendo un trabajo cotidiano para sus nietos y bisnietos.

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